El león tiene que despertarse tan temprano
para correr y llegar antes
que el feo Nucantu.
Y corre, corre
porque el feo Nucantu pone música fea
y el león no quiere escucharla
porque se entristece
y trata de escapar.
El Nucantu trabaja con él
y de alguna manera estima al león
pero de otro modo lo atormenta.
Y el león se pregunta
¿No es extraño encontrar tanto tiempo perdido,
tanta conciencia atrofiada
y llevada por el viento
donde brotan palabras inciertas,
con el solo fundamento de lo invisible?
Y aveces teme que el Nucantu
lo vea leer o escribir.
El Nucantu es feo y viejo.
¡Y a todo lo feo y viejo hay que temerle!
Te hablo así para que me creas
y tengas cuidado con los feos Nucantus,
porque todos los leones
estamos asechados de Nucantus
toda nuestra vida.
Y hay que temerles
porque son monstruos tan feos y tan viejos
que en sus ojos puedes ver
que saben poco de vida
pero mucho del miedo.
¡Y solo se puede temer a alguien que sufre!
Y al final,
ni él mismo Nucantu se entiende.
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