Para mí desde niño una pistola me pareció una arma inofensiva.
Una arma con sonidos graciosos.
Y veía como aquellas personas asustadas corrían y se escondían.
Y cuando comenzaban los sonidos graciosos yo me reía de los sucesos y me decía: ¡Una pistola no puede matar! ¡Una pistola solo puede matar de risa! Y ja ja ja ja, me reía.
Yo también tuve una pistola alguna vez y no tenia esa expresión en el rostro, esa sonrisa despreciativa.
Yo era un niño normal con una pistola de sonidos graciosos.
Y hubo un momento en el que quise morir de verdad, si de verdad, no como aquellas personas que se hacían los muertos tirados en el piso.
Y compre una pistola que un viejo amigo me recomendó en una tienda escondida detrás de una panadería.
Me fui a lado más oscuro de la playa, me senté, vi un poco triste la forma de la pistola, la coloque en mi boca y dispare.
Aunque admito que no había probado la pistola en el momento que la compre, no creo haberme olvidado de haber puesto pilas en ella.
Y a cada Bang! Bang! Le seguía una risa.
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